¿Por Qué Dios Solo Contesta Algunas Oraciones?
- Manuel Boglio
- hace 4 días
- 23 Min. de lectura

Hace varios años atrás, mami comenzó a sufrir de una condición que no le permitía comer ni beber casi nada. Se la pasaba con un dolor de espalda que no se podía casi ni mover, y un malestar estomacal que le provocaba náuseas y vómitos constantes. Visitó hospitales, doctores, pero no se encontraba una causa definitiva. Eventualmente su condición empeoró tanto que los doctores nos advertían que, si algo no cambiaba pronto, moriría ya que estaba a punto de una desnutrición, entre otras cosas. Un día, la invité a comer por el día, y logró comer un poco de ensalada con pollo. Por la noche la volví a visitar y estaba comiendo, a lo cual mi hermana me escribió un mensaje, asombrada. Pensé, por un momento, que finalmente había mejorado, pero de repente comenzó a vomitar nuevamente. Hizo todo lo posible por contenerse, pero no pudo, y eventualmente mi papá la tomó por la mano y la llevó al baño y a su cuarto. Me fui para casa frustrado.
Esa noche, antes de acostarme, oré como había orado todas las noches por los últimos meses. Por meses yo había estado orando todos los días para que mami mejorara, pero solo empeoraba. Pero, esa noche sentí algo diferente. Por alguna razón, justo cuando digo “amén,” sentí por dentro una paz completamente inexplicable. Escuché una voz por dentro que me dijo, “todo va a estar bien,” y por primera vez en meses, pude dormir tranquilo. No entendía el por qué me sentía así. Al otro día, lo primero que hago al despertar fue buscar mi celular para ver cómo estaba, y ella me había escrito que si quería comer por la tarde con ellos, lo cual me sorprendió. Me dijo que “he pasado el mejor día desde que me enfermé. Estoy que ni me atrevo a moverme por miedo a que me duela algo” (tengo el mensaje guardado, así que esas fueron sus palabras exactas).
Cada día después de ese, me escribía diciendo que estaba mejor que el día anterior. Inexplicablemente, hasta el día de hoy, su condición de vómitos desapareció. Y, para ese tiempo, recibió un tratamiento de la espalda gracias al cual, nuevamente hasta el día de hoy, su dolor extremo de espalda ha desaparecido. De no poder casi moverse ni comer un día, a repentinamente estar perfectamente saludable (fuera de las condiciones normales de la edad), es algo inexplicable. Un milagro se define como un evento sobrenatural, sin explicaciones naturales, dentro de un contexto religioso. Por ejemplo, hoy puede llover. Pero, si estoy ofreciendo una clase sobre el poder de Dios, y le digo a mis estudiantes, “Les voy a mostrar el poder de Dios. Voy a pedirle a Dios que haga que llueva, y tan pronto abra la puerta del salón, va a llover.” Luego de esa oración, abro la puerta y comienza a llover, el contexto religioso de la situación (mi oración y el tema de la clase) hace que eso muy probablemente sea un milagro.
En el caso de mami, nunca se encontró una causa definitiva por su condición, y ningún tratamiento la ayudó. Una noche oré, sentí paz y escuché una voz que me dijo que todo iba a estar bien, y al otro día su condición desapareció. Eso es la definición de un milagro. Eso ocurrió en el 2020. En el 2024 mi papá sufrió un derrame cerebral. Demás estaría entrar en todos los detalles, pero sí quisiera resaltar un momento en específico en donde, al yo llegar a casa luego de estar en el hospital (dos días después de su derrame inicial), me estoy quitando la ropa y me siento sumamente afligido por la situación. En ese momento trato de convencerme de que todo iba a estar bien. Recuerdo decir, “¿Por qué estás preocupado? Dios está en el asunto. Todo va a estar bien.”
Lo que estaba intentando hacer, en mi mente, era replicar la paz que yo sentí aquel día en la situación de mami. Intenté sentirme igual para ver si eso ayudaba en algo, pero al instante de yo decir esas palabras, recibo un mensaje de texto de parte de mi hermana (que se quedaba en el hospital de noche) diciendo que le había dado otro derrame y que lo iban a operar, de nuevo. Así mismo como me había quitado la ropa, me volví a vestir y salí para el hospital. Lamentablemente, al par de días después de esa noche, papi murió.
El detalle aquí es que, al igual que con mami, yo estaba orando por papi. Incluso, decenas de personas estaban orando por él durante toda esa semana, algunos hasta haciendo declaraciones de que Dios lo iba a levantar. Se podrán imaginar mi desilusión, entonces, cuando la condición de papi no mejoraba, y terminó en su muerte. Esto es algo que aún estoy procesando, casi año y medio más tarde, al igual que mi familia. Esta situación retó seriamente mi relación con Dios. Eventualmente pude comenzar mi proceso de sanación, y gracias a Dios mi corazón ya no está tan duro como se sentía durante ese momento. Esos 5 días de la situación con papi por poco destruyen mi fe porque no podía entender el por qué Dios no contestaba nuestras oraciones. Eventualmente entendí y acepté que esa fue la voluntad de Dios para nosotros, y que Dios sigue siendo fiel, aun cuando no recibimos lo que esperamos.
En otras palabras, mi fe ha sido fortalecida con el tiempo, y aunque es una situación increíblemente dolorosa y difícil para manejar, aún después de tanto tiempo, he aceptado la voluntad de Dios y sigo hacia adelante. Dios no nos falló en ese momento; simplemente tenía otros planes. Y, le doy gracias porque nos permitió tener nuestros últimos momentos con papi, estuvimos juntos como familia, mi ahora esposa nunca me abandonó durante todo el proceso, y sobre todo doy gracias porque Dios me ha dejado saber en varias ocasiones de que papi está a Su lado. En su última noche antes de morir, papi escuchó mi voz compartiéndole el evangelio, y confío en que ahora mismo se encuentra en la presencia de Dios, libre de todo sufrimiento. Algún día tendremos nuestro re-encuentro familiar. Esa es mi fe.
Sin embargo, meses después no pude evitar hacerme una pregunta, la cual es la pregunta central de este escrito. ¿Por qué Dios contesta algunas oraciones, y no otras? ¿Por qué Dios escuchó nuestras oraciones y sanó a mami, pero no hizo lo mismo con papi? Decidí intentar encontrar una respuesta, pero admito, honestamente, que con el tiempo me rendí de ese intento. No he encontrado una respuesta satisfactoria, más sin embargo siento que no la necesito. En mi caso, tal incertidumbre no me hace cuestionar mi fe, ni la realidad de Dios. He aceptado que Dios tendrá Sus razones, aunque no las conozca o no las entienda.
Pensé, por un momento, que esta pregunta sería como estudiar el tema de la Trinidad, en donde busqué todos los versos bíblicos que hablaran del tema, leí los escritos de los padres de la iglesia durante los primeros 300 años de la iglesia, leí varios libros de filosofía cristiana, y llegué a mi conclusión: Dios es Trino, y eso es una verdad innegable para el que cree en la Biblia. No es que ahora entiendo perfectamente la Trinidad, o que soy algún experto, pero la duda que tenía al respecto la he aclarado, gracias a Dios.
Sin embargo, la pregunta sobre la oración no ha sido igual. Intenté leer algunos libros sobre la oración, y buscar versos bíblicos, pero muy rápidamente me di cuenta de que la respuesta que estaba buscando no era así de fácil conseguir. La mayoría de los cristianos contestan esta pregunta diciendo que las oraciones se contestan según la voluntad de Dios. La razón por la cual Dios contesta algunas oraciones y no otras es porque esa fue Su voluntad. Y, eso lo entiendo perfectamente, pero eso en realidad no resuelve el dilema. En realidad, lo que hace esta respuesta es recontextualizar la pregunta. Es decir, en respuesta a esa respuesta, yo pudiera preguntar, ¿Pues, por qué es Su voluntad contestar unas oraciones, y no otras? ¿Cómo es que no fue voluntad de Dios sanar a papi? ¿Por qué, no?
Ante tal pregunta, tenemos que admitir nuestra ignorancia porque nadie puede entender plenamente la mente de Dios. Sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni Sus caminos nuestros caminos (Isaías 55:8-9). Ante cualquier pregunta que empiece con las palabras, “¿Por qué Dios…?”, lo más que podemos hacer es especular, a menos que la misma Biblia nos dé una respuesta clara. En el caso de oraciones no-contestadas, existen varias posibles respuestas, pero ninguna que satisfaga a una persona que está sufriendo. Ante la tristeza de la muerte de un ser querido, ninguna respuesta a esta pregunta nos hará sentir mejor.
He aceptado, entonces, mi ignorancia sobre el tema, y pensé que ahí se quedaría. Sin embargo, recientemente tuve una conversación con uno de mis estudiantes el cual está luchando con su fe. Periódicamente, este estudiante me hace preguntas que, en su mente, necesitan contestación para poder decir que Dios es real, o que el cristianismo es verdad. Son preguntas que han retado su fe, y que lamentablemente están ganando, al momento (confío en que eventualmente su fe será restaurada, con o sin las respuestas que anda buscando). Un día en medio de la clase, el estudiante me pregunta, “¿Por qué Dios contesta unas oraciones, pero no otras?” Inmediatamente le sonrío y le digo, “No sé.” Le explico que esto es una pregunta que me llevo haciendo hace tiempo, pero a la cual aún no le he encontrado una respuesta satisfactoria. Pensé que, al igual que yo, el estudiante aceptaría nuestra ignorancia y no permitiría que la pregunta retara su fe. Pero, me equivoqué.
Usualmente uso estas preguntas como oportunidades para dialogar, explorar ciertas ideas y pasajes bíblicos con los estudiantes, y mostrarles que podemos ser cristianos racionales. Son temas que, tengamos o no tengamos la respuesta, podemos explorarlos y reflexionar, lo cual hace que nuestra fe se fortalezca. Eso hice con esta pregunta. El estudiante y yo comenzamos un diálogo sobre el tema, le ofrecí varias posibles respuestas a su pregunta, pero no estaba satisfecho. En una le pregunto, “¿Por qué para otros temas, estás dispuesto a aceptar tu ignorancia, pero cuando se trata de Dios no? ¿Por qué, para ti, es necesario poder contestar todas tus preguntas y dudas sobre Dios para poder creer en Él, si no hacemos eso con ningún otro tema?” Estaba intentando mostrarle al estudiante que no es malo admitir nuestra ignorancia, y que no tener todas las respuestas no le resta a la verdad de Dios, la Biblia, y el cristianismo. Yo no entiendo cómo funcionan las cámaras. Eso no cambia el hecho de que las cámaras funcionan. Lo mismo pienso sobre Dios.
El estudiante, sin embargo, no piensa igual que yo, y me responde, “Porque, mister, las personas me dicen que yo debo de creer en Dios. Pues, ¡dame una razón! Dime, ¿Por qué?” Su respuesta me dejó muy claro que esta duda estaba siendo un obstáculo para su fe. No era simplemente una curiosidad o una duda intelectual; es algo que, para el estudiante, es importante resolver para poder creer en Dios. Su mentalidad parece ser que, si no podemos contestar este tipo de pregunta, eso hace que lo que estamos predicando sea menos probable. Seguí hablando con el estudiante desde esa perspectiva, le ofrecí varias respuestas, le enseñé la diferencia entre tener dudas y tener razones para creer (En otras palabras, la verdad de Dios es una cosa, y nuestras dudas sobre Dios es otra. Podemos tener dudas sobre Dios, pero eso no cambia la evidencia de que Dios es real), le hice un llamado a evaluar la evidencia positiva antes de continuar intentando resolver todas sus dudas negativas, y me comprometí con seguir trabajando con él estos asuntos. Al otro día le hice un escrito analizando sus argumentos, y me dio las gracias. Ojalá algún día les pueda contar el final de esta historia. Por ahora, sigan orando por este estudiante.
El estudiante me hizo entender que esto no es un tema que puedo simplemente ignorar. Claramente, esto es algo con lo cual muchas personas están luchando, pero a diferencia de mí, algunas de estas personas no les es suficiente simplemente admitir nuestra ignorancia. Como ya he explicado, para mí está bien no tener todas las respuestas. Yo he conocido a Dios, he tenido experiencias con Él, y estoy convencido de la evidencia. Por lo tanto, no es que mi fe es inquebrantable, pero puedo aceptar la presencia de este tipo de duda en mi vida porque he entendido que esas dudas no cambian la realidad de la evidencia y mis experiencias con Dios. El que Dios no haya sanado a papi no cambia la realidad de que Dios hizo un milagro en mami. Por lo tanto, Dios claramente es real y nos ama, independientemente si hace todo lo que le pedimos, o no. Dios no es un genio mágico, de hecho, para que usemos las oraciones no-contestadas como evidencia en Su contra.
El detalle es, sin embargo, que no todo el mundo piensa igual. Para algunos, esta pregunta requiere alguna contestación mayor. Y, claro está que eso es algo que cada cual debería de trabajar en ellos ya que debemos de entender y aceptar que somos seres humanos, y que nunca tendremos todas las respuestas. Pero, mi ignorancia no es una excusa para ignorar el tema. Quiero seguir pensando en él, leyendo sobre él, e intentando encontrar alguna explicación que pueda ayudar a personas como mi estudiante. No lo estoy haciendo por un pensamiento arrogante que me dice que puedo encontrar la respuesta; lo estoy haciendo porque siento que Dios me está inquietando para hacerlo. Aún si no encuentro la respuesta final, sé que algo Dios me quiere enseñar con este proceso.
Con todo ese contexto en mente, ayer me levanté por la mañana y en lo primero que pensé fue, ¿Por qué Dios no contesta algunas oraciones? Inmediatamente, me vino el pensamiento, “¿Qué tal de ejemplos bíblicos de personas que Dios no les contestó sus oraciones, o que no los libró de ciertas circunstancias? ¿Qué podemos aprender de ellos?” Anteriormente, había estado buscando en la Biblia versos que hablen sobre la oración, directamente, y que quizás contesten esta pregunta de manera directa. Pero, ahora lo que me vino a la mente es, ¿Qué podemos aprender de situaciones similares? Y, con eso en mente me vinieron 3 ejemplos bíblicos, los cuales los apunté inmediatamente. Quisiera tomar el resto de este escrito para compartir estos ejemplos que siento que Dios puso en mi mente ese día, no como una respuesta definitiva a la pregunta, pero como un buen comienzo para seguir fortaleciendo nuestra fe.
A. Pablo
El primer ejemplo que me vino a la mente fue Pablo. En algún momento dado, mientras hablaba de una revelación que Dios le había dado (2 Corintios 12), Pablo comienza a hablar sobre la importancia de la humildad. “De mí mismo en nada me gloriaré,” nos dice, “sino en mis debilidades.” Luego nos dice que, “Para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera.” Pablo, aquí, está describiendo algún tipo de aflicción, probablemente una condición física como una enfermedad (ya que lo describe como aguijón en la carne), y se la atribuye al mismo Satanás. O sea, esto no es algo bueno. Sin embargo, dice que la razón por la cual se le fue dada esta aflicción era para asegurar que no se volviera arrogante o vanidoso; que no se gloríe a él mismo inapropiadamente. Pero, esa no es la parte más importante.
De esta condición, Pablo dice, “Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: ‘Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad’” (v. 8). Recordemos que no estamos hablando de cualquier persona; estamos hablando de Pablo, el gran apóstol. Existen muy pocas personas más importantes para la historia de la iglesia y la expansión del Evangelio que Pablo. Incluso, Pablo es autor de básicamente la mitad del Nuevo Testamento. Claramente, esto es un hombre de fe, y su vida lo demuestra. Pablo era perseguidor de cristianos, pero tuvo un encuentro con el Cristo resucitado que lo llevó a entregar su vida a Él. Antes de su conversión, Pablo era un hombre de poder, autoridad, y dinero (trabajaba para el imperio Romano). Luego de su conversión, Pablo vivió el resto de su vida en pobreza, siendo perseguido, y pasó más tiempo dentro de la cárcel que fuera hasta el día que murió.
Sin embargo, a pesar de todo su sufrimiento, Pablo mantuvo su fe. Algunas de las cartas del Nuevo Testamento fueron escritas por Pablo desde la cárcel. Y, mientras él sufría encarcelado, exhortaba a los demás cristianos a no perder su fe, y a seguir proclamando el evangelio. En una ocasión, incluso, Pablo fue apedreado a tal punto de que pensaron que estaba muerto (Hechos 14:19-23). Lo apedrearon por predicar el Evangelio. Pablo sobrevivió, se levantó, ¡y fue directo a otra ciudad para seguir predicando! No creo que ninguno de nosotros podríamos decir que Pablo no era un hombre de fe. Claramente, creía en Dios, en el Evangelio, y dio su vida por esa fe.
Ahora, este mismo Pablo que hizo tantas cosas grandes para Dios, estaba sufriendo de alguna condición física. La palabra “aguijón” implica que era dolorosa, y “en la carne” implica que era algún tipo de enfermedad. Esto es curioso porque una de las preguntas que mi estudiante me hizo durante nuestra conversación era el por qué Dios había permitido que una pastora muriera de cáncer, si era alguien de fe y que estaba haciendo cosas buenas para el mundo. ¿No es eso el caso de Pablo? Sin embargo, este hombre de fe, que había dedicado su vida a Cristo y que estaba dispuesto a sufrir y morir por el Evangelio, oró 3 veces a Dios para que le sanara de su condición, ¡Y Dios no lo hizo!
¿Nos atreveríamos a decirle a Pablo que la razón por la cual Dios no le sanó era porque no tenía suficiente fe? ¿Le diríamos que es que estaba viviendo en pecado, y que Dios no escucha la oración del pecador? Claramente, no. Sin embargo, a veces le decimos estas cosas a las personas. El ejemplo de Pablo nos muestra varios puntos bien importantes. Primero, las oraciones no-contestadas no necesariamente tienen que ver con la falta de fe o la presencia del pecado en nuestras vidas. Segundo, Pablo pudo entender que Dios tenía algún propósito para su aflicción. Tercero, a raíz de ese propósito, Pablo estuvo dispuesto a aceptar su aflicción. Y, cuarto, nunca perdió su fe a pesar de que Dios no le contestó su oración.
Las palabras de Dios, “Bástate mi gracia,” también son sumamente importantes. En esencia, Dios le está diciendo a Pablo que Su gracia debería de ser suficiente. Dios rescató a Pablo del pecado, y le ha prometido la vida eterna. Ese es el resultado de creer en Cristo como nuestro Salvador. Si, adicional a eso, Dios contesta nuestras oraciones, sana enfermedades, restaura familias, etc., eso es una añadidura; no es lo esencial. Pero, si por alguna razón Dios no hace nada de eso en nuestras vidas, ya hizo más que suficiente: salvarnos del pecado. Nosotros no creemos en Dios para que conteste todas nuestras oraciones. Eso no es lo que Dios nos promete. Juan 3:16 no dice que, “Todo aquel que en Él cree, será liberado de todas sus enfermedades y no sufrirá más.” Lo que nos dice es que, “…para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.”
La gracia de Dios es suficiente. Eso es lo que nos sostiene. Y, de hecho, eso es lo que Jesús mismo nos promete. Jesús nunca dijo que no sufriríamos. Al contrario, nos dice, “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). Esto es una promesa de que, en medio del sufrimiento, Jesús está con nosotros. También es una promesa de que ya Cristo venció, y por lo tanto tenemos garantizado la vida eterna en donde “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4). Algún día viviremos libre de todo sufrimiento, pero mientras tanto vivimos en un mundo caído (lleno de pecado), y por lo tanto el sufrimiento será parte inevitable.
Lo que quisiera enfatizar en la historia de Pablo es que existen momentos en donde Dios no concede nuestras peticiones. La pregunta central de este escrito es, ¿Por qué? La historia de Pablo propone una posibilidad: Dios tiene un propósito mayor para nuestro sufrimiento. En el caso de Pablo, su sufrimiento lo mantuvo humilde, y por esa razón pudo lograr compartir el Evangelio efectivamente. Gracias a su esfuerzo, el Evangelio se regó por el mundo hasta eventualmente llegar a mí, 2000 años más tarde, y hoy soy salvo porque he creído en Él. Esto es el efecto mariposa. No estoy diciendo que esa es la razón por la cual Dios no concede tus oraciones, pero bíblicamente debemos de entender que es una posibilidad.
Ninguno de nosotros podemos saber todos los efectos de cada situación en la vida. Por lo tanto, no tenemos manera de saber cómo nuestro sufrimiento actual, por ejemplo, podrá tener un efecto en el mundo 2000 años más tarde. No sabemos. Pero, la historia de Pablo nos muestra que Dios obra de esa manera. Que cada momento, decisión, situación, dolor y aflicción, tiene un propósito dentro de Su plan perfecto. Y, es muy posible que nuestra oración no-contestada sea parte de ese plan. Quizás mi condición me va a enseñar algo que no hubiera podido aprender de otra manera. Quizás mi sufrimiento va a resultar en la salvación de otra persona. Quizás la muerte de papi, por ejemplo, (y estoy especulando completamente) provocó esta reflexión interna en mí, la cual me llevó a hacerme esta pregunta, buscar respuestas, tener ese diálogo con mi estudiante, y eventualmente escribir este artículo. Quizás no lo hubiera escrito de otra manera. Y, quizás una persona lo lea y su fe sea fortalecida. No lo sé, pero es una posibilidad.
El sufrimiento es algo que tiene el potencial de producir carácter. Es decir, un mundo sin sufrimiento también sería un mundo sin empatía, por ejemplo. Un mundo sin necesidad sería un mundo en donde nadie se ayuda, el uno al otro. No creo que sea casualidad que la mayoría de las personas que participan de organizaciones de caridad como las marchas contra el cáncer, por ejemplo, son sobrevivientes o familiares de sobrevivientes. Algo tan horrible como el cáncer también produce algo tan bonito como el amor, la ayuda, la empatía, etc. Si Dios concediera todas nuestras peticiones, entonces, quizás el mundo en realidad sería inferior ya que careceríamos de todas estas cosas positivas que nacen del sufrimiento.
Estos son los pensamientos que me vienen a la mente cuando leo la historia de Pablo, y me hace pensar que quizás esta sea una de las razones por la cual Dios no concede ciertas oraciones. Cabe notar, sin embargo, que esto no quiere decir que nuestro sufrimiento es algo bueno. No estoy diciendo que es bueno que papi murió porque, si no hubiera muerto, yo no hubiera aprendido confiar en la soberanía de Dios. Al contrario, la muerte de papi es una tragedia que solo existe porque vivimos en un mundo caído en donde el sufrimiento es inevitable. No es algo bueno. Incluso, no estoy diciendo que es bueno cuando Dios no concede una oración. Lo que estoy diciendo es que el ejemplo bíblico nos puede hacer reflexionar sobre la posibilidad de que Dios sí tiene razones justas para no conceder ciertas oraciones. Una vez admitimos esa posibilidad, lo que nos toca después es confiar en Él.
B. Los Apóstoles
El segundo ejemplo que me vino a la mente fue el de los apóstoles. En este caso, no se trata de una oración no-contestada, pero sí de un sufrimiento permitido. Me vinieron dos historias a la mente. El primero es en Hechos 5 en donde los apóstoles (los primeros seguidores de Cristo y quienes fundaron las primeras iglesias) fueron arrestados por predicar el Evangelio. Fueron llevados a juicio, intimidados, y azotados. Necesitamos entender que este tipo de azote debió haber sido severo ya que la intención era hacer que los apóstoles tuvieran miedo de seguir predicando el Evangelio (v. 40). Un azote leve no hubiera logrado esto.
Inmediatamente, una persona pudiera preguntarse, “¿Por qué Dios permitió el sufrimiento de los apóstoles? ¿Por qué no los rescató de la persecución?” Sin embargo, mira la respuesta de los apóstoles: “Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (vv. 41-42).
Ninguno de nosotros, luego de ser arrestado y azotado, estaríamos celebrando (por lo menos yo, no). Esto no es algo bueno. Y, en medio de cualquier sufrimiento, todo cristiano seguramente clama a Dios. Así, que, aunque el pasaje no lo dice, no dudo que ellos, en medio de su dolor, habrán clamado a Dios, también. Sin embargo, Dios no los libró de su dolor. Dios no los rescató, sino que permitió sus azotes. Pero ellos, en vez de ver su sufrimiento como evidencia de que Dios no existe o que no los ama, ¡celebraron! Ellos entendían que estaban sufriendo por causa de Cristo (el Nombre), y que cualquier sufrimiento por Su nombre valía la pena. Como el mismo Jesús nos dice, “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan…porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros” (Mateo 5:11-12).
Jesús, con estas palabras, nos está diciendo que no nos debería de sorprender sufrir por Su nombre ya que así mismo hicieron con los profetas de la antigüedad. Podemos aplicar esto a nosotros diciendo que no nos debería de sorprender sufrir en este mundo ya que el mismo Cristo sufrió grandemente. Si Cristo tuvo que sufrir, que nosotros lo tengamos que hacer, también, no es sorprendente.
El segundo ejemplo de los apóstoles que me vino a la mente fue cuando, al ver que los apóstoles no dejaban de predicar el Evangelio a pesar de la persecución, decidieron expulsarlos y esparcirlos por el mundo para ver si perdían sus fuerzas (Hechos 8). La idea aquí era que, unidos, no se podían detener. Pero, quizás separados se desorganizaban y eventualmente dejarían de predicar el Evangelio. Sin embargo, la Palabra nos dice que “Los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciado el evangelio” (v. 4), y de esta manera el Evangelio llegó a todas partes del mundo y el número de cristianos creció.
Piensen bien en lo que estoy diciendo. Lo que estoy diciendo es que la misma herramienta que el mundo intentó usar para detener al Evangelio es precisamente lo que provocó que el Evangelio se regara por el resto del mundo. Esto me hace pensar sobre el tema de la oración que lo que parece, para nosotros, ser algo malo, en realidad tiene el potencial de ser algo bueno. Similar a la historia de Pablo, el sufrimiento de los apóstoles es lo que logró que el Evangelio se regara por el mundo, y gracias a eso yo (y tú) soy salvo, hoy. Yo ahora mismo soy salvo gracias, en parte, al sufrimiento que Dios permitió que los primeros cristianos experimentaran.
Esto no cambia el hecho de que su sufrimiento haya sido algo malo. Pero, sí nos enseña, nuevamente, que nuestras mentes limitadas no pueden comprender la magnitud del plan perfecto de Dios. Nos enseña, nuevamente, que una de las razones por la cual Dios permite cierto sufrimiento (y no nos concede nuestra oración de que elimine ese sufrimiento) es porque Dios lo va a usar para expandir Su Reino. Si tan siquiera es posible que mi sufrimiento actual, de alguna manera u otra, logre que otra persona conozca a Cristo y obtenga el regalo de vida eterna (la salvación), ¿no crees que este sufrimiento temporero valga la pena? Yo creo que sí.
Nuevamente, no estoy diciendo que esta es la razón por la cual Dios no está contestando tu oración, en este momento. Lo que estoy diciendo es que, bíblicamente, es una posibilidad. Y, si no hemos cerrado nuestros corazones a Dios, esa posibilidad nos puede ayudar seguir hacia adelante en nuestra fe, a pesar de que no estamos recibiendo, en este momento, lo que tanto deseamos.
C. Jacob
El último ejemplo que me vino a la mente fue el de Jacob. Específicamente, cuando temiendo por su vida, clama a Dios (Génesis 32:9-12). Resumiendo la historia, Jacob desde nacimiento no era la mejor persona. Siempre estaba buscando obtener lo que no le correspondía. Este mal carácter lo llevó a usurparle las bendiciones a su hermano, Esaú, en más de una ocasión. Cuando le roba las bendiciones que le correspondían de su padre, Isaac, Esaú se enoja tanto que decide intentar matarlo. Jacob, entonces, tiene que huir de su hermano, y termina viviendo el resto de su vida temiendo por su vida.
Un día, los siervos de Jacob le dicen que su hermano está cerca. Jacob teme por su vida, comienza a planificar, y luego ora a Dios (noten que orar no es lo primero que hace, sino lo último). En su oración, no vemos a un Jacob humilde, clamando a Dios por liberación. Lo que vemos es a un Jacob manipulador, intentando manipular a Dios a que lo liberte de su hermano. Pensando en esta historia desde el lente del tema de la oración me hizo darme cuenta de dos cosas.
Primero, vemos que la razón por la cual Jacob siente que necesita orar a Dios por protección es porque él mismo había tomado malas decisiones. Es decir, la situación que estaba enfrentando era su propia culpa, y en vez de enfrentar las consecuencias de sus decisiones estaba intentando refugiarse en Dios. Lo que quería era que Dios lo protegiera de las consecuencias de sus malas decisiones. Esto me hace pensar que, en ocasiones, la razón por la cual Dios no concede nuestras oraciones es porque lo que estamos pidiendo: 1) Lo pedimos mal (con malas intenciones, por ejemplo); 2) No es correcto; 3) O estamos intentando evitar las consecuencias de nuestras malas decisiones.
Claro está, quizás ninguna de estas razones aplica a circunstancias como la de papi, pero recordemos que la pregunta es, “¿Por qué Dios contesta algunas oraciones, y no otras?” La pregunta no se trata solamente de situaciones como la de papi, sino de las oraciones en general. Muy probablemente lo que estoy describiendo ahora no aplica a tu circunstancia, pero el punto es que sí aplica a algunas oraciones y, por lo tanto, es relevante a la hora de intentar contestar esta pregunta.
La parte más importante que deseo resaltar de esta historia de Jacob, sin embargo, es que lo que Jacob estaba pidiendo era algo bueno. No estaba pidiendo algo malo. Su vida estaba en peligro, y en medio del peligro clamó a Dios. ¡Eso es bueno! Sin embargo, si lees la historia entera te darás cuenta de que, aunque Jacob pensaba que su vida estaba en peligro, en realidad no lo estaba. En el capítulo 33 vemos que Esaú ya no estaba buscando a Jacob para matarlo, sino que solo quería reconciliarse con su hermano. Pero, Jacob no sabía esto. En la mente de Jacob, su vida estaba en peligro y, por lo tanto, necesitaba la ayuda de Dios.
Esta realidad me hace pensar en lo siguiente: Hay cosas que, para nosotros, parecen bien, pero Dios sabe mejor. Dios sabía que Jacob no estaba en peligro, pero no se lo dice. Lo que Dios hace es tener un encuentro con Él (el hombre que lucha con Jacob en los versos 22-29) con la intención de transformar a Jacob. Dios intentó mostrarle a Jacob que la razón por la cual estaba en su situación es por sus malas decisiones del pasado, pero que ya no tenía que seguir viviendo en ese pasado. Dios intentó enseñarle a Jacob a través de Su encuentro con él que Jacob necesitaba soltar su pasado, y cambiar su manera de ser. Jacob pidió liberación, y Dios se la estaba ofreciendo, pero no de la forma en que él pensaba.
Lamentablemente, Jacob no aprendió esa lección, pero tú y yo sí podemos. Cuando aplico esto al tema de la oración, lo que me hace pensar es que, en ocasiones, nosotros pedimos cosas que parecen ser buenas (la sanidad, por ejemplo), y quizás lo sean, pero en realidad no es lo que necesitamos. Nosotros pasamos por situaciones difíciles e inmediatamente clamamos a Dios para que nos liberte de esas situaciones, pero quizás lo que necesitamos es otra cosa. Quizás lo que necesitamos es sanar nosotros mismos, perdonar, y tener un encuentro con Dios.
En su lecho de muerte, yo tuve un momento de reconciliación con papi. Gracias a Dios, ya yo había tenido un momento similar años atrás, así que pudimos restaurar nuestra relación en vida. Pero, aún quedaban cosas por decir y soltar, y su aflicción provocó que yo tuviera que soltar esas cosas. Le pedí perdón y le dije que nos olvidemos de todo el pasado; que nada de eso importaba ya. No estoy diciendo que era necesario que papi tuviera un derrame y muriera para que yo pudiera aprender a soltar. Pero, sí estoy diciendo que aprendí a soltar.
El tema de las oraciones no-contestadas nos debería de hacer reflexionar sobre la realidad de que Dios conoce lo que realmente necesitamos, mejor que nosotros mismos. Es frustrante pedirle algo a Dios, y que Él no lo conceda. Pero, si Dios realmente es bueno, justo, misericordioso, etc.; si Dios realmente tiene un plan perfecto para todos nosotros, y yo creo eso, puedo confiar en que, aunque no me está dando lo que le pido, me está dando lo que Él sabe que realmente necesito.
También tengo la confianza en que las oraciones que no son contestadas aquí en la tierra, de alguna manera u otra son contestadas en la eternidad. Dios no sanó a papi, en la tierra, pero en este momento confío en que está en el paraíso, libre de todo dolor y enfermedad. En otras palabras, Dios sí lo sanó, solo que no lo sanó de la forma particular que mi mente humana estaba pidiendo.
Recordemos que esta vida es pasajera, y que a todos nos espera una vida en la eternidad. Por lo tanto, confiemos en que Dios tiene un plan que trasciende nuestra vida terrenal. Todos estos ejemplos lo que me hacen pensar es que, aunque yo no lo entienda, Dios claramente me ha mostrado que Él sí tiene Sus razones válidas para no conceder ciertas oraciones.
¿Por qué Dios contesta algunas oraciones, y no otras? Me parece que la respuesta es que Él tiene algo mejor para nosotros, por más increíble que nos sea creer en eso. Me parece que Dios tiene propósito para mis oraciones no-contestadas, y que ese propósito a veces me es imposible ver o entender porque va mucho más allá de mi propia vida. Me parece que Dios sabe más que yo, y mi ignorancia no es una excusa para evitar contestar una pregunta, sino que es un reconocimiento de mis límites y una expresión de confianza en aquel que me ha mostrado, una y otra vez, ser digno de esa confianza.
Espero que de alguna manera este escrito haya ayudado a alguien. No que yo haya resuelto por completo el dilema; reconozco que no. Pero, es lo que siento que Dios me ha dicho hasta el momento y, por lo tanto, elijo aceptarlo en mi vida. Ojalá tú, también, así lo veas. Dios te bendiga mucho.




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