El Curioso Caso de Simeón
- Manuel Boglio
- hace 4 días
- 7 Min. de lectura

Todos conocemos la historia del nacimiento de Jesús. El ángel Gabriel visita a una joven llamada María y le dice que tendrá un hijo (Lucas 1). María, asombrada y asustada, no entiende cómo esto es posible ya que es virgen, y el ángel le responde que sería por medio del poder del Espíritu Santo. Por esta razón, el niño sería llamado el hijo de Dios. En medio de su embarazo ocurre un censo, requiriendo que María y José (su esposo) regresaran a la tierra de su familia, Belén, para ser contados. Allí no encuentran en dónde quedarse, el niño Jesús nace en un pesebre, y el resto es historia.
Esta historia la celebramos todos los años el 25 de diciembre, aunque en Puerto Rico comenzamos la celebración desde antes del día de Acción de Gracias, y terminamos casi a mitad de enero. Por esta razón Puerto Rico se conoce como el lugar con la navidad más larga del mundo. En esta época, es normal ver películas sobre el nacimiento de Jesús, hacer obras en la iglesia, y escuchar predicaciones sobre este evento tan significante. Existen algunas diferencias en cada representación, pero en general la historia es la misma: ha nacido nuestro Salvador.
Después del 25, la otra fecha importante que celebramos en Puerto Rico es el día de Reyes (6 de enero). Y, después de esto la época de la navidad merma y llega a su inevitable conclusión. Sin embargo, a pesar de ser una historia tan conocida, existen ciertos detalles que muy probablemente muchos no conozcan. Y, creo que una de las razones por la cual no conocemos estos detalles es porque nuestro conocimiento sobre el nacimiento de Jesús tiende a venir de lo que vemos y escuchamos durante esta época, y no de la Biblia, como tal. Esto no es una crítica; es una simple realidad.
Uno de estos detalles curiosos es que, 8 días después de Su nacimiento, Jesús es llevado al templo para cumplir con los requisitos de la Ley de Moisés (Lucas 2). Ese día, sus padres ofrecerían un holocausto (un sacrificio de animales) a Dios, y Jesús sería circuncidado como todo judío de ese tiempo. Nada fuera de lo ordinario. Pero, mientras José y María visitaban al templo, Dios estaba preparando algo especial. Mientras Jesús estaba siendo circuncidado, Dios estaba ministrándole la vida a un hombre de una manera casi sin paralelo en la Biblia. El nacimiento de Jesús cambiaría la historia del mundo para siempre, pero no sin antes cambiarle la vida a un hombre particular. Y, este es el curioso caso de Simeón, un hombre del cual no conocemos más nada fuera de lo que Lucas nos dice en apenas 11 versos. Vayan conmigo a Lucas 2:25-35, y prepárense para ser maravillados.
Lucas comienza diciéndonos que “Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón,” y que este hombre era “justo y piadoso.” Aunque el carácter del hombre quizás sea importante, el detalle que quisiera enfatizar es que este hombre “esperaba la consolación de Israel.” Esto es una forma poética de decir que Simeón esperaba con ansias la llegada del Mesías. Esta simple oración nos enseña por lo menos 3 aspectos de Simeón. Primeramente, era judío (Era de Jerusalén y esperaba al Mesías de Israel). Segundo, creía genuinamente que Dios iba a cumplir Sus promesas de un Salvador (por eso “esperaba”). Tercero, posiblemente estaba afligido (por eso describe al Mesías como la “consolación” de Israel). No se necesita consuelo si no se está sufriendo.
La aflicción de Simeón pudo haber sido personal, pero más probable era general. En ese tiempo, los judíos estaban siendo oprimidos por Roma, y la gran mayoría vivían afligidos de pobreza extrema y una libertad religiosa limitada. Esta combinación de palabras (“esperaba” y “consolación”) implica que este hombre llevaba sufriendo por mucho tiempo, ya sea por razones personales o por el mero hecho de ser un judío en medio de la opresión. Al describirlo de esta manera, Lucas nos está proyectando en la mente la imagen de un hombre desesperado, ansioso por que Dios cumpla Sus promesas y finalmente ponga fin a su aflicción.
Lo curioso es que existen muchas personas afligidas en el mundo, pero, por alguna razón Dios decide hablarle directamente a Simeón. Lucas nos dice que, a este hombre, a través el Espíritu Santo, Dios le había revelado que “no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.” Nuevamente, este lenguaje de “muerte” (junto con el lenguaje de “esperar” y “consolación”) nos pinta una imagen de sufrimiento en la vida de Simeón. Al parecer, este hombre estaba cerca de la muerte, ya sea por vejez o por su aflicción personal, y Dios decide hablarle y asegurarle que no moriría antes de ver al Mesías que tanto esperaba. ¿Por qué Dios le habla de esta manera tan directa a Simeón? ¿Por qué no lo hace con otros?
Recordemso que el pueblo de Israel llevaba miles de años esperando al Mesías. El último profeta de Dios en el antiguo testamento fue Malaquías, y lo último que Malaquías le dice al pueblo es que el Mesías viene. Luego de esa profecía pasaron alrededor de 400 años de silencio (conocido como el periodo inter-testamentario) en donde Dios no volvió a hablar por medio de ningún profeta. El primer profeta de Dios luego de esos 400 años fue Juan el Bautista, anunciando la venida del Mesías.
En todo ese tiempo, ¿crees que hubo desesperación? ¿Crees que el pueblo de Israel debió haber estaba esperando al Mesías con ansias, también? ¿Crees que este silencio de Dios pudo haber causado dudas en muchos de ellos? Claro que sí. Sin embargo, Dios no le habló al pueblo; le habló a Simeón. ¿Por qué? No lo sé. Por eso es un caso curioso.
Imagínate que estás en medio de una situación difícil, como una enfermedad, y Dios te dice directamente, “No te preocupes. No vas a morir hasta que cumplas todos tus sueños.” ¿Cómo te sentirías? Yo sentiría paz, seguridad, alegría. Ya no tengo que tenerle miedo a esta enfermedad o a la incertidumbre del futuro porque Dios me ha dicho que voy a lograr cumplir mis sueños mayores. Algo así Dios le dijo a Simeón ese día. Lo más que Simeón anhelaba, ver al Mesías, Dios le estaba asegurando que vería antes de morir. Sea cual sea la aflicción de ese hombre, esas palabras le debieron haber dado paz. Pero, la historia no termina ahí.
Mientras Jesús y Sus padres están en el templo, Simeón es movido por el Espíritu Santo (el cual es mencionado 3 veces en esta historia, enfatizando la dirección de Dios). Y, el Espíritu lo lleva al mismo templo en donde se encuentra Jesús y Sus padres. Recordemos que ellos no conocen a Simeón. Simeón no es una figura central en la historia de Jesús, anterior a esto. En este momento, es un total extraño. Sin embargo, Lucas nos dice que Simeón entra al templo, toma a Jesús en sus brazos, y le da gracias a Dios diciendo, “Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra, porque han visto mis ojos tu salvación.”
¡Wow!
¿Cómo este hombre reconoció a Jesús? ¿Cómo supo de inmediato que Él era el Salvador que estaba esperando? Y, ¿Cómo debieron haber reaccionado Sus padres al ocurrir esto? Imagínate que fuera a ti; que tú tuvieras un recién nacido, estuvieras caminando por la calle, y que de repente un total extraño, sin pedirte permiso, toma a tu bebé en sus brazos y comienza a darle gracias a Dios por su vida. ¿Cómo reaccionarías?
Esta historia entera es asombrosa, pero lo más que me impactó es que, al ver al niño Jesús, Simeón reconoce a su Salvador y le da gracias a Dios. En esencia, Simeón le está diciendo a Dios, “Ahora puedo morir tranquilo porque he visto a mi Salvador.” Al ver a Jesús, aun siendo bebé, Simeón siente la certeza de que su muerte no será el fin. Simeón siente que puede morir en paz porque ha visto a aquel quien le dará vida eterna. Lo más asombroso es que Simeón reconoce todo esto siendo Jesús un bebé. Aún Jesús no había hecho milagros, o predicado, demostrado ser el Mesías, muerto o resucitado. Recordemos que la muerte de Jesús es lo que nos da el perdón por nuestros pecados, y que Su resurrección es la garantía de que tiene el poder para darnos vida eterna. Pero, Simeón no tuvo que ver nada de esto para creer. Le bastó con ver al bebé Jesús para sentir la paz que sobrepasa todo entendimiento, y la seguridad de su salvación futura. Eso es fe.
Las palabras de Simeón implican que, luego de este encuentro, murió, pero no sin antes darle unas palabras un poco tenebrosas a María. Al despedirse, Simeón le dice a María, “He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma).” Simeón le está diciendo a María que Jesús haría grandes cosas, la más importante siendo que traería salvación al mundo. Esto traería gozo a María, pero a la vez le causaría mucho dolor.
No creo que María pudo haber entendido sus palabras en ese momento, pero seguramente cuando estuvo al lado de su Hijo en la cruz, viendo Su gran dolor y sufrimiento, tuvo que haber recordado las palabras de Simeón. Sin duda el dolor de María tuvo que haber sido grande, como lo sería para cualquier madre que tuviera que ver a su hijo morir, especialmente de esa manera.
Luego de este encuentro, no volvemos a escuchar nada más sobre Simeón. ¿Quién era? ¿Por qué Dios le habló de esta manera? ¿Qué hizo luego de este encuentro? ¿Qué es lo que estaba viviendo que lo llevó a ese encuentro con Jesús? ¿Por qué Dios le dio tanto conocimiento futuro? Nunca sabremos. Lo que sí sé es que este hombre nos ayuda a entender el verdadero significado de la navidad. Y, por eso lo encuentro tan curioso. Una historia tan importante como esta, y tan impactante, pero yo nunca la he escuchado en una predicación, o visto una obra de navidad sobre ella. Y, no entiendo por qué.
Cada año celebramos el nacimiento de Jesús, pero es importante entender todo lo que Jesús representa. En el caso de Simeón, Jesús representa la fidelidad de Dios, su salvación futura, y su consuelo. Jesús le ofreció seguridad, paz, y gozo. Gracias a ese encuentro, Simeón pudo enfrentar su propia muerte, no con miedo, sino con la seguridad de que algún día despertaría en el Reino de Dios. Eso es lo que celebramos en la navidad.
Cuando entendemos esto, cada uno de nosotros podemos decir junto a Simeón, “Puedo morir en paz, porque mis ojos han visto Tu salvación.” Si realmente creemos en Jesús como nuestro Salvador, no tememos a la muerte. Sufrimos la muerte de un ser querido, pero no perdemos la esperanza de que algún día nos re-encontraremos con ellos en el cielo, en la presencia de nuestro Dios. Esta es la esperanza que se encuentra en Cristo, y por eso decimos “Feliz Navidad.” ¿Qué mayor gozo que el regalo de la vida eterna? Gracias por esta lección, Simeón. Dios los bendiga.




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