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El Valor Inigualable de la Vida

 

En estos momentos me encuentro intentando contener mis lágrimas por la muerte de un ser humano que nunca conocí. Charlie Kirk fue disparado en el cuello mientras hablaba en una de sus actividades en donde invitaba a estudiantes y profesores de diversas universidades al debate y al diálogo. Una hora más tarde, aproximadamente, su muerte fue anunciada en las redes. Deja atrás una familia, esposa, dos hijos, y una misión de defender la libre expresión y los valores cristianos.

 

Les voy a ser completamente honesto: yo no estaba de acuerdo con todo lo que él decía, y fuera de sus diálogos públicos no conozco su corazón para saber qué tipo de persona era. Para decir más, la verdad es que no me caía muy bien. Pero, lo que es indiscutible es que era increíblemente brillante, con una capacidad para expresarse que muy pocos tenemos, y un corazón valiente. Su misión era clara: tenemos que hablar, aun cuando diferimos. Si no podemos tener una conversación sobre nuestras creencias y nuestras diferencias, tendremos un mundo lleno de violencia, y no seremos libres, verdaderamente.

 

Como parte de esa misión, Charlie regularmente creaba actividades en diferentes lugares, usualmente en campus universitarios (las universidades americanas tienden a limitar la libre expresión y el pensamiento crítico, contrario a su propósito original). Se sentaba al frente con un micrófono, proponía diversos temas, e invitaba el diálogo abierto. En Charlie vi algo que he visto tan pocas veces en este tipo de ambiente que puedo contarlas con dos o tres dedos: No tenía miedo admitir sus errores y cambiar de pensar.


Un ejemplo de esto ocurrió hace unos meses cuando criticó a las personas que traducen con lenguaje de señas los diversos discursos políticos para la comunidad sorda. Dijo, entre otras cosas, que era una distracción y que estas personas podían leer los subtítulos si querían entender. En uno de sus diálogos abiertos, una miembro de esa comunidad le expresó la importancia sobre el lenguaje de señas, explicando, entre otras cosas, que el lenguaje de señas es como otros lenguajes, con sus dialectos y diversidades. Por tal razón, algunas personas de esa comunidad no pueden entender los subtítulos ya que éstos no expresan el tono y ciertos detalles sutiles que se pueden expresar con las señas. La persona hizo varios otros puntos, pero el punto importante es que, al final, Charlie aceptó su explicación, pidió disculpas, y admitió que desconocía todo esto sobre el tema.

 

Podemos decir lo que queramos sobre este joven (a penas 31 años), pero de una cosa estoy seguro: Estar dispuesto a dialogar sobre nuestras creencias, admitir nuestro error e ignorancia públicamente, y cambiar de opinión cuando alguien te demuestra que estás equivocado es una característica increíblemente admirable y poco común.

 

A todo esto, le podemos añadir que Charlie era un cristiano, y parecía ser un cristiano genuino. Con el pasar del tiempo fue más y más vocal sobre su fe, glorificando a Cristo públicamente, defendiendo la vida de los no-nacidos, incluso orando por las personas con quien dialogaba. Verdaderamente, su pérdida dejará atrás un vacío muy difícil de llenar.

 

Nada de esto explica, sin embargo, mi tristeza. Nada de esto captura el dolor en mi corazón por su muerte. Y, no tan solo su muerte, sino que desde el momento en el que vi que lo habían disparado sentí dolor y frustración. Imagina estar haciendo lo que amas, por el bien del mundo, deseoso por conocer y dialogar con las personas, y que en medio de ese diálogo eres atacado. Esto debe de ser sumamente desalentador, y no sé cómo Charlie hubiera reaccionado si hubiera sobrevivido. Muchos de nosotros, quizás, tendríamos miedo de continuar participando de estas actividades. Quizás el deseo de proteger nuestras vidas sería más fuerte que luchar por la libre expresión. No lo sé, pero con lo poco que conozco sobre Charlie, algo me dice que esto no hubiera sido el caso. Algo me dice que hubiera usado esta oportunidad para promover aún más la importancia del diálogo y la protección de la vida. Lamentablemente, solo puedo especular.

 

Mientras escribo, sigo pensando en la explicación de mi tristeza. Sigo preguntándome el por qué me ha chocado tanto esta pérdida. Y, tengo varias posibles explicaciones, entre ellas el valor de la vida. Precisamente esta semana estuve hablando sobre el Diluvio de Génesis 6, evento en donde Dios destruyó la vida terrenal casi completamente debido a su pecado. La Biblia nos dice que, en esos días, la corrupción del ser humano era absoluta (Génesis 6:5, 12). La magnitud de la corrupción en esos tiempos fue tan grande que nos dice que lo único que las personas pensaban era “continuo solamente el mal.” No había personas buenas, en ese momento. Ni tan siquiera Noé era bueno (Noé fue salvo por gracia, no por justo).

 

A raíz de esta corrupción, Dios destruyó al mundo. Sin embargo, esto no es algo que a Dios le agradó hacer. El relato nos dice que “Se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en el corazón” (v. 6; énfasis mío). Tenemos que tener claro la verdad de las palabras de Dios cuando nos dice que “No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva” (Ezequiel 33:11).

 

Dios no se goza de la muerte de un pecador, ni aún las personas que murieron en el Diluvio. Mientras hablaba sobre este pasaje, me vino a la mente los ataques del 9/11. Larga historia hecha corta, los que estuvimos vivos durante ese tiempo podemos recordar el caos que veíamos constantemente en las noticias. También recordaremos cómo nos metieron por la mente que los musulmanes y los árabes eran todos terroristas, y que la cara del diablo era Osama bin Laden. Por años, este hombre, responsable de estos ataques, huyó de la “justicia.”


Eventualmente, bajo el gobierno de Obama, finalmente lo encontraron y lo mataron. Recuerdo el momento exacto en donde me enteré de su captura y ejecución: todos celebramos. Todos, incluyéndome a mí, estábamos alegres porque finalmente habían matado al responsable de tanto dolor, sufrimiento, muerte, y terror. Mientras me conecto a las redes y observo todos los “posts” de las personas celebrando esta victoria, y me encuentro a punto de escribir el mío, un pensamiento llega a mi mente: Estoy celebrando la muerte de un ser humano.

 

¿Un ser humano malvado? Sí. Pero, sigue siendo un ser humano, creado por Dios, en Su imagen y semejanza. En esos momentos me vino a la mente las palabras, “Dios no se alegra de la muerte de un impío,” y me di cuenta de que, si Dios no se alegra, yo tampoco me debo de alegrar. En ese momento dejé de celebrar la muerte de aquel hombre, y comencé a lamentar que su corazón había sido corrompido a tal punto de que murió como un terrorista, lejos de Dios. Me da tristeza saber que esto no es lo que Dios quiso para él, sino que Dios quería que él pudiera ser salvo, así mismo como Dios quiere para todos nosotros (1 Timoteo 2:4). Esto es una de las razones por la cual yo no creo en la pena de muerte. Al quitarle la vida a un criminal, le estamos quitando la oportunidad de arrepentirse y ser salvo. Yo sé que esto no funciona así ya que Dios no permitiría que la salvación de un ser humano esté en las manos de otros seres humanos. Pero, desde nuestra perspectiva humana, lo sigo viendo de esa manera.

 

Ahora vuelvo a Charlie Kirk. Charlie no era un terrorista. No mató a miles de personas. No estaba huyendo de justicia. Sí era un pecador como todos nosotros, pero jamás merecía morir de la forma en que murió. Al igual que todos nosotros, Charlie fue creado en imagen y semejanza de Dios, y me atrevo a decir más (con el perdón de Dios si estoy equivocado), Charlie era hijo de Dios (la diferencia es que todos somos creados, pero los hijos son los que hemos creído en Cristo como nuestro Salvador y, por lo tanto, somos adoptados por el Padre).

 

El asesinato es una violación a la imagen de Dios que está en nosotros; es pretender que nosotros tenemos el poder y la autoridad para decidir quién vive y quién no. En otras palabras, el asesinato es querer ser Dios, y en este sentido es de las peores cosas que un ser humano puede hacer. La imagen de Dios que están en todos nosotros es lo que nos da valor. La vida de Charlie, entonces, tenía valor. Y, parte del dolor que siento en este momento se debe a ese valor. Me da tristeza que tratemos a la vida, que es un regalo de Dios, de esta manera tan trivial. Me duele que un ser humano con tanto potencial ha sido destruido a tan corta edad. Me duele que no amemos a Dios y a Su Creación más.

 

Pero, no creo que esto sea todo. Creo que, cuando miro a Charlie, veo algo de mí, también. Él logró cosas que yo no creo que nunca lograré, y en poco tiempo (yo tengo 40 años). No hablo como él, ni tengo su plataforma. Pero, sí soy un defensor de la fe, y siempre hago lo posible para promover el pensamiento crítico y el diálogo. Hoy mismo un estudiante me decía que siempre que viene a mi clase, desde antes de entrar al salón se prepara para estar concentrado porque sabe que “si no lo hago, me pierdo.” Otro me preguntó el por qué yo siempre termino mis clases unos minutos antes del timbre. En otras palabras, ¿Por qué no sigues enseñando todo lo que puedas hasta el último minuto?


Estos estudiantes están siendo retados, y están aprendiendo a pensar y a expresar sus creencias. La verdad es que yo en ocasiones me frustro cuando veo a personas que no les importa tener conversaciones o debate sobre sus creencias. No entiendo la mentalidad de que no nos importe saber si lo que creemos es verdad o no. Para mí es tan importante poder hablar, retar y ser retado sobre lo que creemos. Esto produce crecimiento, y permite que podamos estar más firmes en nuestra fe. Por eso hago lo que hago.

Cuando veo la muerte de Charlie Kirk, entonces, siento que una parte de mi ha sido asesinada, también. No lo puedo explicar bien. No puedo encontrar las palabras exactas para expresar lo que estoy queriendo decir. Pero, siento que una parte de mi ha sido tocada, con su muerte. Me siento desilusionado con el mundo. Me siento molesto con su asesino. ¿Por qué, mejor, no te paraste a hablar con él y expresar tus diferencias? ¿Por qué pensaste que matarlo era la acción correcta? ¿Por qué, como sociedad, odiamos a los que nos aman?

 

Esto hace que yo re-evalúe mi propio ministerio, y me pregunte si estoy haciendo lo correcto, y si al final vale la pena seguir haciéndolo. Yo no tengo una plataforma como la de Charlie, pero con mis pocos seguidores yo he recibidos cientos de mensajes negativos a lo largo de los años. Así, que, cuando pienso en esta tragedia, no puedo evitar ver a mi ministerio a través del lente de estos hechos. ¿Yo me atrevería arriesgar mi vida? ¿Vale la pena retar a las personas para que crezcan y tengamos una mejor sociedad, solo para que al final esa misma sociedad te odie y te quite la vida? Son preguntas que tienen respuestas claras, pero en este momento no deseo contestar.

 

Charlie, ahora, es una persona con la que nunca podré tener una conversación. Nunca podré darle algún consejo sobre cómo él defendía su fe. Y, no es que yo hubiera tenido esa oportunidad estando vivo, pero su muerte es como un sello definitivo. Hasta aquí llegó su trabajo. Hasta aquí llegó su esfuerzo. Hasta aquí llegó su vida. ¿Estará celebrando en la presencia de Dios en este momento? ¿Habrá escuchado las palabras que todos anhelamos escuchar: “Buen siervo fiel”? ¿Habrá inspirado a otras personas a tomar su manto y seguir trabajando para un mejor mundo?

 

La incertidumbre es frustrante. La impotencia es desalentador. El dolor es inexplicable.

 

No sé cuál fue el punto de este escrito, pero al final del día deseo celebrar la vida extraordinaria de este joven, agradecer su esfuerzo y valentía, y pedirle a Dios que yo pueda dejar atrás un legado memorable cuando me toque a mí partir de esta tierra, también.


Que en paz descanse, Charlie Kirk (1993-2025)

 
 
 

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