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El Racismo No Existe

Antes de que me escribas para tacharme de ignorante o de fomentar el odio y el discrimen, te exhorto a que continúes leyendo. No es lo que piensas.

Tradicionalmente, el racismo se ha definido como el odio, el discrimen, o cualquier prejuicio negativo hacia el miembro de otra raza (diferente a la nuestra). También se puede definir como la creencia de que la raza personal es superior a por lo menos una otra raza. Aunque el racismo ha existido básicamente desde los comienzos de la humanidad, la palabra “racismo” nació en el siglo 19 bajo la perspectiva científica de que las personas podían ser categorizadas bajo diferentes “razas,” según ciertas características como su lugar de nacimiento, color de piel, etc.

Lamentablemente, es una tendencia del ser humano de categorizar a las personas en grupos como “ellos,” y “nosotros.” Esto es algo que podemos ver a diario. Por ejemplo, cuando en el 2019 el pueblo de Puerto Rico se levantó en contra de un gobierno corrupto, exigiendo la renuncia del aquel entonces gobernador, Ricardo Roselló, era normal ver en las redes escritos como “ustedes se molestan por el vandalismo de un edificio, pero se quedan callado por la corrupción del gobierno,” o “ustedes son una generación sumisa, pero nosotros decimos ‘¡Basta ya!’” Similarmente, en las protestas actuales sobre la muerte injusta de George Floyd, es común ver a las personas crear una distinción entre los que apoyan las manifestaciones, y los racistas. Aún si apoyas las manifestaciones, pero criticas la violencia, no caes en el primer grupo, sino que caes en el segundo.

De una manera más práctica y sencilla, también vemos este tipo de división en nuestras interacciones cotidianas como en el trabajo, la escuela, o en nuestra propia familia. En cualquiera de estos ambientes podemos ver los “grupitos,” que se podrían catalogar como los ricos y los pobres, los populares y los no-populares, o mi círculo familiar inmediato y mi familia extendida, respectivamente. Incluso en la iglesia es bastante común ver la formación de grupos, ya sea para efectos prácticos (damas, caballeros, jóvenes, niños), o por problemas reales en una congregación en donde ciertas personas simplemente no se llevan con otros, así que forman su propio grupito con los que comparten durante los cultos. He sido testigo de este tipo de división en la iglesia, y cómo estos grupos comienzan a marginalizar y señalar a los que no forman parte del grupo.

Una vez se hace esta división de grupos, estamos a un solo paso adicional para comenzar a discriminar contra estos grupos de alguna manera u otra, o de sentir un nivel de preferencia o superioridad por su propio grupo. Un ejemplo un poco más inocente de esto son los deportes, mientras que un ejemplo peligroso sería el racismo. Mi premisa principal, entonces, es la siguiente:

Cuando comenzamos a clasificar y a poner a las personas en ciertos grupos, viéndonos a nosotros mismos como diferente a los demás, la puerta está completamente abierta al odio, al discrimen, la superioridad, y al prejuicio.

El primer paso para poder erradicar el racismo, entonces, es romper con estas divisiones raciales, las cuales de por sí no existen fuera de nuestras propias mentes. Y, aquí llego al punto del título de este blog: el racismo, como tal, no existe, porque las razas humanas no existen.

El discrimen, el odio, el prejuicio, sentidos de superioridad o inferioridad; todo esto sí existe. Mi punto aquí no es afirmar que, por ejemplo, los negros no han sido oprimidos, abusados, esclavizados, segregados, y de forma general discriminados por su color de piel. Claro que lo han sido, y lo siguen siendo, al igual que muchos otros grupos en nuestra sociedad. Hasta dentro de nuestros propios grupos existe este tipo de prejuicio. En Puerto Rico, por ejemplo, a pesar de que todos compartimos el mismo origen genético, compuesto por sangre taína, española, y africana, la realidad del caso es que los puertorriqueños tienden a ser un tanto “racista” en contra de aquellos con un color de piel más oscura, o con rastros un poco más africanos que el resto de la población. Y, ni se diga la manera en que muchos ven y tratan a los dominicanos. Así, que, cuando digo que el racismo no existe, no estoy diciendo que el odio y el discrimen por el color de piel no existe. Lo que estoy afirmando es que este tipo de odio y discrimen existe precisamente porque tenemos un concepto erróneo sobre las razas, y para poder erradicarlo debemos corregir este pensar.

La ciencia, en años recientes, ha rechazado el concepto antiguo de las diferentes razas humanas, concluyendo que todos tenemos el mismo origen, y por lo tanto pertenecemos a la misma raza. Pero, miles de años antes de que la ciencia corrigiera sus errores del pasado, la Biblia había afirmado, una y otra vez, que no existen diferentes razas, sino que todos pertenecemos a la misma raza: la raza humana.

En Génesis, por ejemplo, vemos que el primer hombre fue llamado Adán (Génesis 2:19-25), lo cual significa “hombre” o “humanidad.” En este sentido, Adán era representante de todo ser humano, y el nuevo testamento nos afirma que todos somos descendientes de él (Hechos 17:26; 1 Corintios 16:45-50). Igualmente, la primera mujer es llamada Eva, porque sería “madre de todos los vivientes” (Génesis 3:20). Todo ser humano, entonces, es parte de un mismo linaje, comenzando por Adán y Eva. Y, en un sentido un poco más espiritual, Pablo nos afirma que “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

Una y otra vez, entonces, la Biblia nos enseña que todos somos parte de una misma familia, descendencia, o “raza,” y que todos fuimos creados en imagen y semejanza de Dios. Esta última afirmación es increíblemente importante porque implica que, no solo somos parte de la misma raza humana, sino que cada ser humano, de forma individual, tiene un valor innato (natural), el cual no depende del color de la piel, la clase social, los bienes materiales, etc. Nuestro valor como ser humano está basado en que todos somos hijos e hijas de Dios, y esto es algo que nada ni nadie nos puede quitar. Cuando atentamos contra este valor, dado por Dios mismo, estamos atentando contra Dios. El odio, el discrimen, el abuso, el maltrato, etc.; todo esto es una violación a la dignidad y el valor del ser humano, y deshonra a Dios y a Su creación, y ess por esto que tal violación es de lo peor que una persona pueda hacerle a otro ser humano.

El racismo parte de la premisa de que no todos somos miembros de la misma raza, y de que no todos compartimos el mismo valor. Los negros, por ejemplo, inicialmente fueron esclavizados precisamente porque los blancos los veían como inferiores; no los consideraban seres humanos, como tal, sino que los veían como meros animales. Pero, si entendemos que no existe tal cosa como las diferentes “razas” humanas, sino que todos pertenecemos a la misma raza (la humanidad), y aceptamos que todo ser humano tiene el mismo valor innato, el cual merece ser respetado y honrado, entonces adquirimos las herramientas necesarias para poder erradicar este prejuicio negativo, al cual le llamamos “racismo.”

El racismo no existe porque no existe tal cosa como diferentes razas humanas. Pero, el odio y el discrimen sí existe, y esto es algo que debemos de seguir trabajando para erradicar. Comenzamos por el hecho de que, cuando odiamos a una persona de otro color de piel, diferente al de nosotros, no estamos odiando a otra “raza,” sino que estamos odiando a uno de los nuestros. En cierto sentido, cuando odiamos a alguien, estamos odiándonos a nosotros mismos, creando divisiones que inevitablemente traerán nuestra propia destrucción. Cuando odiamos y discriminamos contra alguien por su color de piel, o por cualquier otra razón, estamos dando permiso a que hagan lo mismo con nosotros por las mismas razones. Si es permitido minimizar el valor de un ser humano, por la razón que sea, pues estamos dando permiso a que nuestro propio valor, también, sea minimizado por cualquier razón.

Pero, si entendemos que todos somos parte de una misma raza, que todos fuimos creados en imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto todos tenemos el mismo valor innato, rompemos con la raíz del odio y el discrimen, al cual le llamamos “racismo.” Sigamos luchando, sigamos protestando, sigamos legislando, sigamos haciendo todo lo que sea necesario para erradicar el odio y el discrimen en base del color de la piel, o por cualquier otra razón. Pero, sobre todo, aprendamos a amar y a valorar al ser humano como a nosotros mismos (Mateo 22:39), entendiendo que al final del día, no somos dos, tres, cien, o mil, sino que todos somos uno, y solo unidos podemos vencer.

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